Geografía Física, Humana y Económica.

Belmonte de Miranda, denominado así oficialmente desde 1956, está situado en la zona centro occidental de Asturias. Su capital, Belmonte, se halla a 200 m sobre el nivel del mar, pero su territorio, en un 70%, supera como media los 800 m. Tiene una extensión de 208 km; y limita por el norte con el concejo de Salas, al este con el de Grado, al sur con los de Teverga y Somiedo, y al oeste con los de Salas y Tineo.

Su Orografía esta determinada por la Región de Pliegues y Mantos de Somiedo, Siendo la antigüedad de este sistema geoestructural y de los componentes de su relieve de 350 a 550 millones de años. Durante este tiempo los empujes orogénicos fueron tan fuertes que terminaron por fragmentar el manto y hacer cabalgar unos estratos sobre otros, recibiendo esta formación el nombre de escamas. La escama geológica de Belmonte, debido a su levantamiento y posterior erosión, modelo todo un conjunto geotopográfico de barreras montañosas, cuyo principal eje vertebrador lo constituye la cuenca del río Pigüeña, que actúa como un pasillo labrado Sobre pizarras y areniscas, atravesando de sur a norte todo el municipio. En sus márgenes apenas existen terrenos llanos o amplias vegas, tan sólo estrechas franjas y pequeñas veigas cultivables. Solamente se abre en amplia vega a partir de Puente San Martín, cuando sus aguas discurren hacia Las Mestas, donde desemboca en el Narcea.

Todo el término es extremadamente accidentado y abrupto, vertebrado por angostos y estrechos valles o vallinas, unos originados a partir de la cuenca de su río principal, el Pigüeña, y otros excavados por pequeños afluentes tributarios del Narcea, que están separados por pequeñas sierras o cordales longilíneos. Las tierras llanas sólo se encuentran allí donde los riachuelos o regueiros han ensanchado el fondo de los valles y en algunas campas de las propias sierras. Aunque las alturas máximas de sus Cumbres son modestas, al estar constituido su relieve de bruscos y grandes desniveles, las tres cuartas partes de este territorio presentan pendientes superiores al 30%.

Las cimas más dominantes se alcanzan en la al Sierra de la Manteca, conocida popularmente como Peñamanteca, cuyo pico de mayor altitud, L´Horru, se eleva a 1.527 m. Otras cotas de esta misma sierra son: La Chana, de 1.388 m; Los Calostros del Pousadoiro, de 1.428 y 1.474 mg y el pico Catouto de 1.264 m. Por el norte esta Sierra se comunica con el esbelto y bello macizo de peña Aguda, cuyo pico más importante es El Courío de 1.017 m, que enlaza con la sierra de Begega y en su extremo meridional con la de El Quintanal, que a su vez se prolonga con la de Arcello, originando el conjunto una especie de cordal paralelo. Por la margen derecha del río Pigüeña, hacia el sur, se alza la sierra de La Bustariega, con el pico de La Forca de 1.488 m, que marca los límites entre los concejos de ,Somiedo y Belmonte. Si descendemos hacia el norte, siguiendo el cordal de Porcabezas, siempre a caballo entre los concejos de Grado y Belmonte, llegamos al pueblo de Dolia, desde donde se puede acceder al pico Cervera, situado sobre la vertical de la capital del concejo. La pequeña cresta de la Serrenta, de 932 m, marca los límites con el concejo de Grado. En la parte baja de esta zona, conocida por el nombre de la Ría Miranda, Belmonte se abre en una amplia vega que tiene por frontera natural el río Narcea, que deslinda el territorio de Salas y el de este concejo.

La belleza e importancia de su ecosistema ha forzado a las autoridades a extender los límites jurisdiccionales del Parque Natural de Somiedo a las tierras limítrofes del concejo de Belmonte.

La distorsionada orografía y su secular aislamiento permitió que llegase al siglo XX cubierto por una importante masa arbórea, en la que a pesar de las transformaciones recientes aún dominan las especies forestales autóctonas: bosques de robles, hayedos, espineras, acebos, castaños, etc.; y que por encima de los 800 m las plantaciones de matorral, uces, escobas, tojo y arándanos, junto con los zarzales y los helechos, cubran la casi totalidad de estas tierras. En las zonas más bajas abundan los pláganos o arces, avellanos, nogales, fresnos, alisos, sauces... y otras especies favorecidas por el hombre para el aprovechamiento de sus frutos.

En sus montes habitan diversas alimañas: lobos, zorros, nutrias, tejones, ardillas, rebecos, corzos y sobre todo jabalíes. Con su vecino Somiedo, comparte una escasa población de osos. Toda esta fauna, junto con los bandos de perdices, codornices, faisanes y urogallos constituían un paraíso cinegético para los amantes de la caza. En la actualidad la mayoría de estas especies están protegidas y su caza rigurosamente controlada.

Por lo que respecta a la fauna piscícola, el rey de sus aguas es el salmón en los numerosos cotos que jalonan el Narcea. El Pigüeña, así como sus pequeños afluentes y otros riachuelos de alta montaña, gracias a la repoblación y a la política de recuperación ambiental, han comenzado a recobrar su antigua riqueza, y reos y salmones remontan sus aguas, aunque la reina de estos ríos sigue siendo la trucha. Son también abundantes y de gran tamaño las sabrosísimas anguilas, que, curiosamente, apenas son apreciadas por los lugareños. En el centro de la capital existe un coto de pesca sin muerte, que constituye un gran atractivo turístico.

La población mantuvo un crecimiento vegetativo bastante estable hasta 1940, a pesar de existir desde el siglo pasado una corriente migratoria hacia las antiguas colonias americanas. Pero a partir de esta década, el crecimiento vegetativo dejó de compensar la emigración, especialmente acusada en los efectivos de población joven, que está diezmando todo el conjunto poblacional. Según la renovación del padrón municipal a 1 de mayo de 1996, el total de población de derecho del municipio de Belmonte es: varones 1.267, mujeres 1.189; total 2.456 habitantes.

El primer destino de los jóvenes belmontinos fueron las Américas: Cuba, Méjico, Venezuela, Argentina...; más tarde, en los años sesenta, Europa, particularmente Bélgica y Alemania. Por esos mismos años otros se marcharon a Madrid y Barcelona, sin olvidar el área central e industrial asturiana. Según un estudio poblacional realizado en 1991, tres mil belmontinos vivían en Madrid, un millar en Oviedo y otros tantos en Argentina y Cuba. Además, los desplazados a países de Europa y los muchos dispersos por las distintas capitales de España. El flujo migratorio ha continuado mermando los índices demográficos de todos los pueblos del concejo, hasta el punto de poder calificar de dramática su situación actual. Apenas quedan efectivos jóvenes, pues esta sangría afecta por igual a todos los pueblos, incluso a Belmonte capital. El destino de los jóvenes de ahora ya no es tan lejano como el de sus mayores, pues en su mayoría se dirigen a Oviedo, Gijón, Avilés y en no pocos casos viven y trabajan en la próxima localidad de Grado. Según un estudio de Victoria Moreno, este municipio es ya "el abuelo de los concejos asturianos", no sólo por la longevidad de sus habitantes sino también por la emigración de su población activa.

Somiedo y Belmonte integran el arciprestazgo de esta zona, perteneciendo a este último concejo quince- parroquias, de desigual extensión y población. Además de la parroquial de la villa capital existen: San Andrés de Aguera, Santa María de Almurfe, Santa Eulalia de Begega, Santa María de Castañedo, San Ramón de Cuevas, San Cosme de las Estacas, San Martín de Leiguarda, San Martín de Lodón, Santa María de Llamoso, San Bartolomé de Miranda, San Juan de Montovo, San Martín de Ondes, San Julián de Quintana y San Pedro de Vigaña de Arcello.

A pesar de haber sido el curso de los ríos Somiedo-Pigüeña el nacimiento de Hidroeléctrica del Cantábrico y de que ya en 1906 existía en Selviella un pequeño salto de agua, preludio de otros más importantes, que culminarían con la construcción de la gran central de —Miranda, ninguna de estas obras contribuyeron a fijar su población. Se debe ello a la escasez de recursos naturales y a su tardía modernización agropecuaria, justificada en gran medida por su difícil orografía. Sólo un 1% de su territorio son tierras cultivables, mientras la mayor parte (60%) está cubierto de bosques y matorrales; del resto, el 28% lo ocupan algunas praderías en las zonas altas y en los valles que sirven de pasto a una ganadería extensiva de vacuno, cada año más mermada, y que todavía subsiste con cierta importancia gracias a las ayudas y subvenciones de la CEE.

La acitividad económica continúa centrada en el sector primario. La agricultura prácticamente se limita al autoabastecimiento de productos hortofrutícolas y tiene un carácter económico complementario. Por lo que respecta a la cabaña ganadera, el censo de cabezas cada año es menor. Así el vacuno pasó de 6.690 en 1978, a 5.017 en 1992, manteniéndose en la actualidad un total de 228 explotaciones ganaderas, un 6% menos que en 1995 que era de 244. En estos mismos años el porcino se redujo drásticamente, y actualmente apenas se crían estos animales. La mayor pérdida se está produciendo en el ganado equino, que de un censo de 2.372 caballerías y mulares bajó a 778, continuando su descenso. Sin duda, la mejora de la red de comunicaciones ha contribuido a esta merma del ganado caballar, pues hoy camiones y vehículos todo terreno reemplazan a las caballerías.

El sector secundario es prácticamente irrelevante: el 3,69% del empleo en 1994. Recientemente se ha puesto en marcha el genéricamente denominado Proyecto río Narcea para la explotación de los yacimientos auríferos. Sus primeros trabajos y cortas dieron comienzo en el entorno del pueblo de Boinás en 1994, ampliando sus explotaciones, a cielo abierto, hacia los de El Valle, Begega y El Ferredal. Hasta el presente su repercusión en el empleo de la zona es mínima, pues la mayor parte del personal laboral es foráneo. Las oportunidades de trabajo para los pocos jóvenes que restan en la comarca son muy escasas, pues carecen de la cualificación adecuada para este tipo de trabajos. La empresa, que tiene la concesión por un periodo de diez años, es la Río Narcea Gold Mines, con capital mayoritario canadiense, y como accionistas minoritarios están presentes Hullas de Coto Cortés, S.A. y Lignitos de Meirama, filial de Unión Eléctrica Fenosa. De momento, su existencia se ha dejado sentir en el sector servicios. En cualquier caso, las perspectivas a corto plazo parecen ser buenas para este decadente municipio, que cuenta además con su contigüidad con el Parque de Somiedo para su desarrollo turístico. La potenciación de las infraestructuras de servicios de calidad es un reto para el futuro, ya que por ahora son bastante deficientes (sólo un hotel de reducidas dimensiones, un albergue para turismo rural en Meruxa y algunas de las llamadas casas de aldea). En la villa capital, el comercio surte al resto del concejo, y además se celebra todos los lunes un mercado público en la plaza de Belmonte.

El municipio se halla comunicado en todas sus direcciones. La Carretera regional AS-15 que arranca en Cornellana y bordea la vega del Narcea, continúa hacia Belmonte por la AS-227, inaugurada en 1997, desde el pueblo de San Martín de Lodón, prosiguiendo en buen estado hacia Somiedo. Una red de carreteras locales o en algunos casos pistas comunican a los diversos pueblos.

Historia.

Son escasas las noticias sobre los primeros pobladores de este territorio. Según José Manuel González, existieron necrópolis tumulares en Balbona, La Escrita, La Corona, etc., en las llanadas colindantes entre los concejos de Grado y Belmonte, aunque no se encontraron restos de ajuares que permitan conclusiones definitivas. El hallazgo más relevante es el que Juan Uría Ríu dio a conocer como ídolo de Llamoso (Museo Arqueológico de Asturias, en Oviedo), hallado en 1957 al realizar unos trabajos de explanación en la carretera al pueblo de Llamoso, aunque sin contexto arqueológico, lo que hace difícil su datación. Está compuesto por formas esferoidales y por comparación con otros semejantes, se podría fechar a finales de la Edad del Bronce, hacia el 600 a. de C.

De la cultura Castreña también se puede decir que no hay nada estudiado con rigor científico. José Manuel González identifica un castro en el pico Cervera, aunque quizás se trate sólo de una torre de vigilancia, por su emplazamiento estratégico, próximo a una calzada romana. Cerca se halla también el pueblo de Cezana, antigua villa romana (nombre derivado de un posesor Caecius), y más hacia el interior, algunas explotaciones auríferas romanas. Los restos arqueológico romanos e incluso cierto grado de romanización, son muy abundantes en toda esta zona. Recientemente (1994) se descubrió una estela funeraria, de un individuo perteneciente al Castello Agubrigense, fechada en el siglo I d. de C., en el pueblo de Villaverde, en las proximidades de antiguos yacimientos auríferos romanos. Del estudio realizado por Margarita Fernández Mier, se deduce la posible existencia en aquel entorno de un poblado romano.

La calzada romana de La Mesa es una vía natural, quizás tan antigua como los propios indígenas astures, y sin duda era el camino utilizado por los astures transmontanos para comunicarse con los cismontanos. Los romanos inmortalizaron esta vía de comunicación con Asturias y la Meseta, que discurría por la cresta de las montañas y evitaba los peligros del fondo de los valles, siendo la vía principal para comunicar Asturias con la ruta de la Plata a través de Asturica Augusta, capital del Coventus Asturum. También los árabes entraron por esta misma ruta para llevar a cabo sus razzias en Asturias. Más tarde serían los peregrinos jacobeos quienes se sirvieran de ella para llegar a Santiago o bien al Salvador de Oviedo. Esta vía fue paso de centurias romanas, de huestes árabes, de peregrinos jacobeos, de arrieros, pastores, etc., y quizás el más importante cruce de culturas desde la época romana hasta mediados del siglo pasado.

Resulta difícil concretar la fecha histórica en la que el nombre de Miranda aparece adscrito al territorio que con ese apelativo se conoce en la Edad Media. Miranda, en principio, aparece en los documentos determinando una tierra o alfoz que más o menos podría corresponder a los actuales límites, aunque en ocasiones tierras de Salceto (Salcedo de Grado) dan lugar a cierta confusión. Así, en un documento, fechado en 1141, referido al monasterio llamado de Belmonte o Lapedo, se le sitúa "in territorio Asturiense, in alfoce de Salceto et de Miranda, iusta flumine Pionia". Esta ambigüedad desapareció definitivamente a partir del año 1205, como dejó demostrado Floriano Cumbreño en su recopilación de documentos sobre el monasterio de Santa María de Lapedo, en la villa de Belmonte. De todos modos, es cierto que "las feligresías de Ondes y Montovo, con su hijuela de Llamoso" pertenecieron al concejo de Grado y, "a su instancia, fueron agregadas en 1885 a este de Miranda" hasta la actualidad.

La historia del concejo está íntimamente ligada a la erección del monasterio. La villa Lapideum, donde se funda, fue de la reina Velasquita, que en unión de su esposo el rey Bermudo II, antes de ser repudiada por él, reunió en una sola propiedad varias porciones dispersas. Vinculada a la corte de León, en 1032 pertenecía al rey Bermudo III, quien la permutó con los Condes Pelayo Froilaz e Ildontia Ordoniz (Aldonza Ordóñez), por otra de éstos situada en tierras de Galicia. Dichos Condes, ese mismo año, fundaron un monasterio propio por considerar el lugar muy apropiado para su recogimiento espiritual. Disgregado el patrimonio monasterial entre sus herederos, fue reunido e incrementado por su descendiente Pedro Adefonsi y su mujer María Froilaz, en 1141, que hicieron donación de el a favor de los monjes bernardos del monasterio de Carracedo en tierras del Bierzo leonés. Simultáneamente, el rey Alfonso VII colocó el cenobio bajo su patronato, acrecentando aún más su patrimonio y consolidándolo como señorío territorial y jurisdiccional, mediante la concesión del privilegio de coto. Según J. I. Ruiz de la Peña, la comunidad de Carracedo recibió definitivamente este monasterio para poblarlo en 1146 y de los primeros monjes de Lapedo dependían los títulos monásticos de San Andrés de Agüera y San Esteban de Villar de Cobas, en las márgenes del Pigüeña; el monasterio de Santa María de Restiello (Grado); el de San Esteban de Boca de Mar (San Esteban de Pravia) y el de San Esteban de Piantón, junto al río Eo.

No cabe duda de que la Organización municipal de Miranda, históricamente, es bastante confusa y aunque ya consta como Ayuntamiento en 1308, es posible que existiera con anterioridad. Sin embargo, hasta principios del siglo XIX, su actual territorio lo constituían las tierras de realengo de Miranda la Baja y de Miranda la Alta, teniendo incrustado entre ambos territorios el coto abacial de Santa Maria de Lapedo, de tal modo que convivían en el actual concejo dos territorios con dos jurisdicciones distintas. El primero, el de realengo, tenía su capital en Selviella, con iglesia parroquial en Leiguarda, mientras que en el segundo, es decir Lapedo, además del monasterio, existía un pequeño poblado conocido por el mismo nombre, que posteriormente pasó a llamarse Belmonte. Los monjes dotaron a sus vecinos con una pequeña iglesia, construida bajo la advocación de San julián de "Pioña", adoptando para el santo el topónimo hidrográfico, que posteriormente derivó en Pigüeña. Durante siglos, los habitantes pertenecientes a las tierras del monasterio vivieron bajo la férrea jurisdicción de sus abades, mientras que sus vecinos, los de Miranda, tenían representantes propios en la junta General del Principado. Esta situación se mantuvo hasta 1827, que fue cuando el coto pasó a ser por decreto agregado al concejo de Miranda. Posteriormente, al ser la villa de Belmonte más importante y estar mejor situada, se estableció en ella la cabeza del partido judicial, comprendiendo los concejos de Salas, Teverga, Somiedo y Yernes y Tameza en 1837. Dos años más tarde, también se trasladó allí la sede del Ayuntamiento, perdiendo Selviella su capitalidad definitivamente en 1843.

En el año 1591, el total de vasallos censados en el coto era de unos cien, mientras que en 1604 tenía ya 130, que habitaban los siguientes lugares: Belmonte, Meruja, El Faedo, Coladiello, Quiorias, Dolia, Faidiello, Cezana, Posadoiro, Fresnedo, Alvariza, Balbona, Las Estacas, Bustiello y Montescuso, Carriceo y Acicorbo. El coto, como demuestra Ma ángeles Faya, a pesar de las durísimas condiciones en las que vivían sus habitantes, seguía aumentando su población y en el Siglo XVIII ya eran 215 vecinos, configurados eclesiásticamente en dos feligresías: San julián de Belmonte y San Cosme de Balbona.

La difícil topografía del concejo, unido a la abundancia de aguas, bosques y pastos, determinó secularmente los asentamientos de su población, su organización del espacio e inclusive la estructura socioecónomica. Para entender la estratificación social, que aún perdura, es muy importante significar el papel de eje topocéntrico que ejerció y aún desempeña el río Pigüeña a la hora de fijar los principales asentamientos humanos. No sucede lo mismo en el resto del territorio, dado que su altitud y lo accidentado del terreno impidió siempre la implantación de grandes núcleos, de manera que desde la humanización de lo que actualmente constituye el territorio de Belmonte, sus pobladores se jerarquizaron socialmente en razón de sus intereses económicos. Los pueblos, brañas, aldeas o caseríos son en la actualidad, prácticamente, los mismos que ya aparecen en los documentos medievales. La propiedad de la tierra y su aprovechamiento determinó la jerarquización social, el modo de vida e incluso la red de asentamientos.

Quienes hasta llegar el primer tercio del Siglo XIX monopolizaron prácticamente las tierras de este territorio y mantuvieron bajo su servidumbre a sus habitantes fueron los monjes de Santa María de Lapedo. Este coto no cedió, durante los siglos que sojuzgó a los pueblos, en ninguno de sus privilegios, "dándose hasta el caso que los vasallos y colonos de Belmonte no podían contraer matrimonio sin licencia de los abades". Esta férrea actitud de sometimiento respecto del monasterio se acabó con la promulgación del Decreto de Desamortización, que sin duda despertó el espíritu de revancha de los campesinos, que se apresuraron a no dejar piedra sobre piedra del convento. En aquellas circunstancias, solo una minoría de campesinos, entre los que figuraban algunas familias de la nobleza segundona con orígenes en históricos troncos nobiliarios, como los Argüelles, Bello, Sierra Pambley, Longoria, Ponce de León, o los Cienfuegos de Agüerina, constituían el estrato social de personas libres e independientes por ser propietarios de casas-palacio con tierras y ganados propios.

El mayor colectivo de población lo constituían los vaqueiros de alzada a quienes los propietarios de las tierras cedían la explotación de sus pastos y rebaños. Estos, con los beneficios del pastoreo, venta de ganados e incluso ejerciendo la arriería (desde las brañas de Somiedo a las tierras de Castilla), fueron accediendo progresivamente a la condición de propietarios, tanto de rebaños como de tierras, si bien éstas, sobre todo las dedicadas a pastos, las adquirían en régimen comunal, sistema que apenas ha variado a pesar del paso de los siglos. La actividad de este colectivo sigue sustentándose en los desplazamientos estacionales, con ascenso estival a los ricos pastos de las cumbres de Somiedo y repliegue invernal a las zonas bajas en donde tienen los pueblos de invernada: Villaverde, Pontigo, Carriceo, Las Estacas, etc.

El antagonismo entre los pueblos asentados en el fondo de los valles, Campesinos sedentarios, llamados xaldos, y los vaqueiros, moradores temporales en sus pueblos o brañas, ha sido una constante secular hasta nuestros días. Se emitieron disparatadas teorías de tipo étnico, religiosas, históricas, pero en realidad, la raíz de este antagonismo no es más que el bíblico problema que enfrentó a Cain y Abel, es decir, la rivalidad entre agricultores que quieren tierras para su labrantío y ganaderos-pastores que las quieren para uso de pastos. Este distinto modus vivendi de ambos colectivos sirvió para perpetuar por razones de autodefensa un comportamiento muy singular, sobre todo entre los más débiles, es decir, los vaqueiros, que eran quienes más dependían de los monjes y de los señores.

Ya en nuestro siglo, en los años cincuenta, la Construcción por Hidroeléctrica del Cantábrico del Salto de Miranda (con su impresionante central subterránea en el lugar de Las Lleras), dio al concejo unos años de bonanza económica recordados con nostalgia como "la época de las obras". A trabajar en ellas llegaron procedentes de otras regiones y también de otros lugares de Asturias más de 1.800 obreros. De entonces quedan diversas instalaciones que hoy pueden sorprender al visitante.

Por último, un recuerdo para dos grandes ilustres belmontinos: Concepción Heres (Concha Heres) y Antonio Gonzalez Peláez. La primera, emigrante en Cuba, como buena indiana, favoreció a sus conciudadanos con diversas construcciones. El segundo, hijo predilecto de su pueblo, fue un importante directivo de Wagons Lits, que en los duros años de la postguerra dio trabajo a muchos belmontinos. Una placa en su casa natal le recuerda, y un monolito, ubicado en un pequeño parque, inmortaliza también a todos los trabajadores de los coches-camas de todo el concejo.

Arte y Cultura.

Ni una pared permanece en pie del monasterio de Belmonte. Lo que fue hay que imaginarlo por la descripción que del mismo hace Jovellanos en su Diarios, y por un dibujo de Parcerisa de 1852, cuando ya se hallaba en estado ruinoso, aunque permite apreciar el valor artístico de su claustro, cuyas columnas, basas y fustes son de parecida traza y calidad, que las del propio claustro de la Universidad de Oviedo.

La primitiva edificación se supone que debía de ser muy pobre; sin embargo, el edificio construido por los monjes en tiempos de su segundo abad, fray García Menendi (1163-1187), debió de ser obra de buena fábrica, pero consta que fue derribado para rematar otro en 1598 y que en su construcción trabajaron los maestros canteros de Trasmiera: Andrés García de la Mortera y Pedro de la Haza de Cubas, encargándose de levantar el campanario el también trasmerano Domingo de la Mortera. La salud económica de este nuevo convento fue boyante hasta la promulgación de la Ley de Desamortización de 1837, como lo demuestra el contrato que firmaron el 12 de marzo de 1796, el abad fray Benito de la Oliva y Antonio Pendás, maestro de cantería, vecino del coto de Soto de los Infantes, para la construcción de una "cerca", que circundara el monasterio y "Real Colegio". Desgraciadamente, esta obra es lo único que subsiste y que nos permite imaginar la magnitud de la construcción realizada por los maestros de Trasmiera.

Con la desamortización el convento quedó deshabitado y el Gobierno del Principado terminó por conceder en 1859 todos los materiales, que todavía no habían sido expoliados por los vecinos, al Ayuntamiento para construir una cárcel (actual biblioteca y archivo municipal) y los edificios que considerara necesarios. Sus sillares de cantería, cornisas, fustes, basas, capiteles y hasta sarcófagos forman parte de todo el paisaje urbano, mueble e inmueble, de la capital del concejo. In situ, el visitante sólo podrá entrever, cubiertas por espesos matorrales, unas escasas ruinas de Sillarejo y todo el entorno de la Cerca, que se mantiene gracias a su función delimitadora de la finca.

En la iglesia parroquial de San Martín de Calleras (Tineo), se encuentran el retablo mayor y los dos laterales del desaparecido monasterio de Belmonte, porque en 1880 se construyó una magnífica iglesia para albergarlos "por decisión del que fuera ministro de Gracia y justicia, Santiago Fernández Negrete", oriundo de Villatresmil. Son del siglo XVII (1680-1690), con excelente imaginería y, según Ramallo Asensio, el retablo mayor es uno de los mejores ejemplares que hay en toda Asturias y Obra fundamental de la escultura barroca asturiana. Parte de la Sillería del Coro fue a parar a la casa-palacio de los Doriga en Salas.

Si lamentable fue la pérdida del patrimonio histórico-artístico del monasterio, aún lo es más la reciente destrucción de la iglesia parroquial de San Julián de Pioña, cuya primitiva fábrica era de la misma época que se fundó el convento, aunque su edificio sufrió sucesivas remodelaciones, la última, posiblemente, en 1726, según constaba sobre el dintel de la puerta principal, único resto que se puede ver en la actualidad, al lado de la nueva iglesia. Ésta se construyó en 1970 y es todo un símbolo de falta de sensibilidad estética.

Ninguna de las iglesias parroquiales del concejo constituye importante monumento histórico-artístico, a excepción de la de San Andrés de Agiiera, que es obra gótico-barroca de los siglos XVI-XVII con interesantes retablos barrocos. Sin embargo, son dignas de visitar por su interés histórico y bello emplazamiento: la de San Bartolomé, que es del siglo XVII, con los escudos de armas de la casa de los Longoria y de los Pumarada; la de San Pedro de Vigaña, por los restos de su primitiva construcción románica que todavía conserva; la de Cuevas, por su retablo barroco y algunos otros elementos antiguos de relativa importancia, y la de San Martín de Ondes, que es obra sencilla del siglo XVIII pero emplazada en un singular marco paisajístico.

Por lo que respecta al patrimonio de carácter civil, destaca en Aguerina la casa-palacio de la familia de los Cienfuegos, señores de Miranda, que es obra de los siglos XVI-XVIL Cuenta con capilla anexa al cuerpo principal del edificio y es muy importante el escudo familiar, que preside la portada del edificio, por los importantes entronques genealógicos de esta noble familia. Esta casa fue cuna del célebre cardenal-arzobispo álvaro de Cienfuegos y Sierra, nacido en ella en 1657 y de su hermano José, inquisidor en Valladolid. Otras casas ilustres con blasón propio son las de Sierra Pambley, Pumarada, Longoria, Bello, Ponce de León, etc. En el lugar de Alvariza, próximo a Belmonte, se conserva en muy buen estado una fragua, mal llamada romana, con su martinete y demás elementos, conocida por El Machuco; es propiedad de los hermanos Ramón y Gerardo Hevia, y en otro tiempo lo fue del monasterio. Jovellanos la describe perfectamente en sus Diarios.

En el pueblo de Llamoso se puede visitar la plaza-parque de Dosmeiro con fuente, bebedero, lavadero y piedra sacramental de 1769. También Casas muy interesantes que junto con la plaza fueron obra de canteros del pueblo de Grado de Villandás de Salcedo.

Las fiestas patronales del municipio son las de San Antonio, que se celebran la última semana de agosto coincidiendo con domingo. Muy concurridas en otros tiempos eran las ferias de Cueiro, el 5 de septiembre, en el lugar que confunden sus tierras los concejos de Teverga, Somiedo, Grado y Belmonte, y la de La Corredoria, el primer domingo de septiembre. En ambos casos se celebran en unas enormes y amplias explanadas de alta montaña próximas a los pueblos de Montovo y de San Martín de Ondes. Antiguamente eran ferias de ganados y de todo tipo de productos relacionados con la agricultura y la ganadería. En la actualidad su Celebración tan sólo es folklórica, pero son muchos los romeros que acuden para disfrutar del maravilloso paisaje donde se celebran en plena ruta de la calzada romana. San Fructuoso se celebra en Aguera en el mes de julio y los Dolores de Miranda, en el Puente San Martín, la primera semana de septiembre. El 18 de octubre, coincidiendo con la feria-exposición de productos de la tierra, que tiene lugar en Belmonte, celebran las fiestas del Rosario en Llamoso.

Del folklore, desgraciadamente, no queda más que el que conservan en la memoria las longevas personas, que viven dispersas por el concejo. Al ser éste, patrimonio y signo de identidad del colectivo vaqueiro, se fue perdiendo merced a la indiferencia e incluso desprecio que hacia él manifestaban los xaldos. Los vaqueiros, por mimetismo, se fueron integrando y dejándose aculturar por sus antiguos señores, hasta el extremo de no eXistir en todo el concejo ningún grupo ni asociación que los represente. Desde Jovellanos, sin embargo, numerosos autores han recogido diverosos aspectos de su folklore y tradiciones.

Gastronomía.

La gastronomía, como en el resto de Asturias, es rica y variada sobre todo en productos cárnicos y sus derivados. Una de las especialidades más características es el Sollumbu a la manteiga. También constituye parte de ella los platos condimentados con carnes producto de la abundante caza; corzos, rebecos, jabalíes, y también los de la pesca: truchas, salmones y reos. Su repostería casera es muy variada y bastante similar a la de sus vecinos concejos: natillas, flanes, tartas, quisadiellas o bollinas, arroz con leche... A lo largo del año se celebran diferentes fiestas gastronómicas como la de los Arbeyos en mayo o la del Pote de berzas, carne roxa y Escanda en octubre.

Rutas.

Una ruta importante por su historia y la belleza de los parajes por donde discurre es la calzada romana, conocida por el nombre de camino real de La Mesa. Cualquiera que camine por ella, cresteando el concejo de Belmonte y los limítrofes hasta llegar a Torrestío, podrá comprobar que hacer esta travesía sigue siendo un placer de romanos. El ascender a ella p'andala, como reza el eslogan turístico, está perfectamente señalizado a lo largo de toda la carretera comarcal que atraviesa el concejo.

Un área de recreo se ha inaugurado recientemente en el lugar conocido por Vigonzález, emplazado a unos cuatro kilómetros antes de llegar a Belmonte. El paraje es un lugar de castaños centenarios y cuenta con aparcamiento, mesas, parrillas y fuente.

El espacio ocupado por las explotaciones mineras era conocido por el nombre de Ruta Vaqueira, por ser todos sus pueblos asiento tra­dicional de este colectivo. Hoy día ha comenzado denominarse, por razones de atractivo turístico, Cuenca del Oro, y está previsto la instalación de una especie de Museo del Oro, que exhiba algunos de los restos arqueológicos rescatados y que son característicos del sistema de excplotación empleado por los romanos.

AUTOR: José Gonzalo Sancho Flórez